Hoy
Tema de color
EN
← La empatíaLección 10 de 10

¡Llegaste! 🏅

¿Qué cambió? · 10 min

El cierre

¿Qué cambió? · 12 min

El cierre

¿Qué cambió? · 15 min

Cada edad tiene su avance. Las personas de la misma edad comparten este espacio y su bitácora en este navegador.

  1. 1
  2. 2
  3. 3
  4. 4
  5. 5
  6. 6
  7. 7
  8. 8
  9. 9
  10. 10
Para empezar

¿Te acuerdas del espejo del principio? Vamos a hacerlo otra vez.

Para tocar

Tu espejo, otra vez

Elige una opción para cada frase.

Me doy cuenta tarde de que alguien estaba triste.
Cuando alguien me habla, sigo jugando o mirando la pantalla.
Cuando alguien dice «estoy bien», no le pregunto más.
Interrumpo cuando otro me está contando algo.
Cuando alguien llora, me voy a otra parte.
Digo «no es para tanto» cuando alguien está triste.
Me cuesta alegrarme cuando a otro le sale algo bien.
Cuando yo estoy triste, no se lo cuento a nadie.

Esto no mide cuánto vales. Es una reflexión, no un diagnóstico.

El ejercicio

Tu carta

Dibuja o dile al adulto (para que la escriba) un mensaje para ti: «Lo que aprendí es…».

Un mensaje para ti

Un mensaje para ti (lo lee el adulto en voz alta)

Hola. Te quiero contar un secreto: a mí me cuesta mucho decir cuando estoy triste.

Muchas veces me lo guardo y no le cuento a nadie. Pero la gente de mi familia tiene las antenas muy encendidas. Se dan cuenta solo con mirarme la cara. Y a veces, sin decir nada, me hacen reír, me invitan a comer algo rico o se quedan conmigo un rato. Y la tristeza se hace más chiquita.

Mi familia me enseñó a acompañar a las personas cuando están felices y cuando están tristes, y a ponerme en su lugar.

Por eso te digo: mira las caras de la gente que quieres. Si alguien está triste, pregúntale «¿qué te pasa?». No necesitas saber qué decir. A veces basta con quedarte a su lado.

Y si eres tú quien está triste, cuéntaselo a alguien. La gente que te quiere quiere saberlo.

Ahora sabes encender tus antenas. Úsalas mucho.

Con cariño,
quien escribió esta ruta

Tu insignia te espera al final de las 10 lecciones.
La insignia

¡Terminaste la ruta de las antenas!

A veces se te van a apagar, como a todos. Pero ahora sabes encenderlas: mirar, preguntar, escuchar y acompañar.

Para empezar

Hace unos días respondiste doce frases sobre cómo acompañas a los demás. Hoy vas a responderlas otra vez.

Para tocar

Tu espejo, otra vez

Elige una opción para cada frase.

Me entero tarde de que un amigo estaba mal.
Hablo con la gente mientras miro el celular.
Cuando alguien me dice «estoy bien», no pregunto más.
Supongo lo que le pasa a alguien sin preguntarle.
Contesto audios largos sin escucharlos completos.
Doy consejos antes de que el otro termine de contar.
Digo cosas como «no es para tanto» o «ya se te va a pasar».
Si alguien llora o está muy mal, cambio de tema o me alejo.
Cuando un amigo me cuenta algo bueno, respondo con un emoji y sigo.
Me cuesta alegrarme cuando a otro le va mejor que a mí.
Cargo con los problemas de mis amigos hasta sentirme mal yo.
Me cuesta decir cómo estoy o pedir ayuda.

Esto no mide cuánto vales. Es una reflexión, no un diagnóstico.

El ejercicio

La carta

«Para mí, dentro de un año: en esta ruta descubrí que no me daba cuenta cuando… La persona de la que más me alegro de haberme ocupado es… Si vuelvo a no escuchar a alguien, quiero recordarte que…»
Un mensaje para ti

Antes de que cierres esta ruta, quiero contarte algo mío.

Me cuesta mucho decir lo que siento. Casi siempre guardo mis cosas, y la mayoría de la gente no se entera de las batallas que voy llevando día a día. Cuando la he pasado mal, me he quedado en silencio para no complicarle la vida a nadie. Pero en ciertos momentos, las personas más cercanas se dieron cuenta de que algo me pasaba. No porque yo se lo dijera: lo vieron en mi cara, en lo poco que hablaba, en algo pequeño. Y muchas veces, sin decirme una sola palabra, me ayudaron a salir adelante: con una risa, una comida, un rato juntos. No me arreglaron nada. Se quedaron. Y con eso, todo fue más fácil de llevar.

También me tocó estar del otro lado. Tuve un primo que estaba pasando por algo muy difícil, y no me di cuenta a tiempo. No nos veíamos seguido, y en el corre corre de todos los días no lo vi. Hoy ya no está. Me hubiera gustado estar más presente, preguntarle qué le pasaba e intentar acompañarlo. No sé si eso habría cambiado algo. Lo que sí aprendí es que a mucha gente le cuesta contar lo que vive, como a mí, y adivinar es muy difícil. Por eso no basta con esperar a que te lo digan. Hay que mirar, y preguntar.

Esto lo aprendí en mi familia. Me enseñaron a acompañar a la gente en las buenas y en las malas, a ponerme en su lugar, a no juzgar sin conocer la historia completa y a apoyar hasta donde se pueda. Para mí, eso es la empatía: no sentir lo mismo que el otro, sino hacerle saber que no está solo.

Por eso, ahora que terminas, te digo esto:

Todos pasamos por pruebas muy difíciles, y a veces nos sentimos solos aunque tengamos gente alrededor. Muchas de esas pruebas no se ven. La persona que tienes al lado puede estar llevando una batalla que no te ha contado.

Date cuenta: mira las caras, no solo las palabras. Pregunta, y si te dicen «estoy bien», pregunta otra vez. Escucha sin apurarte a dar consejos. Y acompaña. No necesitas grandes discursos: una palabra, una risa, una comida, un rato juntos. Algo sencillo puede hacer que el día de otro sea más llevadero.

Ponte en los zapatos de los demás antes de opinar. Sin conocer el contexto, no se puede juzgar a nadie.

Y si eres tú quien está en silencio: contar lo que te pasa no complica a nadie. La gente que te quiere prefiere saberlo.

La vida pasa rápido, y la gente que quieres no va a estar siempre. Mírala hoy.

Con cariño,
quien escribió esta ruta

Tu insignia te espera al final de las 10 lecciones.
La insignia

Terminaste la ruta de la empatía.

No vas a tener siempre la frase justa. Nadie la tiene. Pero ahora sabes que basta con darte cuenta, preguntar, escuchar y quedarte.

Para empezar

Hace unos días respondiste doce frases sobre cómo acompañas a los demás.

Hoy vas a responderlas otra vez.

Para tocar

Tu espejo, otra vez

Elige una opción para cada frase.

Me entero tarde de que alguien cercano estaba pasando por algo difícil.
Hablo con la gente mientras miro el celular o pienso en otra cosa.
Cuando alguien me dice «estoy bien», no pregunto más.
Supongo lo que el otro siente o necesita, sin preguntarle.
Mientras el otro habla, ya estoy pensando qué le voy a responder.
Doy consejos antes de que la persona termine de contarme.
Digo frases como «no es para tanto» o «todo pasa por algo».
Cuando alguien está mal, me incomodo y cambio de tema o me alejo.
Cuando alguien me cuenta una buena noticia, respondo rápido y paso a otra cosa.
Me cuesta alegrarme de verdad por lo bueno que le pasa a otra persona.
Cargo con los problemas de los demás hasta quedarme sin fuerzas.
Me cuesta decir «hoy no puedo» o pedir que alguien me acompañe.

Esto no mide cuánto vales. Es una reflexión, no un diagnóstico.

El ejercicio · 10 min

La carta

Escríbete una carta para leer dentro de un año.

«Para mí, dentro de un año: en esta ruta descubrí que no me daba cuenta cuando… La persona de la que más me alegro de haberme ocupado es… Lo que más me cuesta todavía es… Si dentro de un año estoy con alguien y no lo estoy escuchando, quiero recordarte que…»
Un mensaje para ti

Antes de que cierres esta ruta, quiero contarte algo mío.

Me cuesta mucho decir lo que siento. Casi siempre guardo mis cosas, y la mayoría de la gente no se entera de las batallas que voy llevando día a día. Cuando la he pasado mal, me he quedado en silencio para no complicarle la vida a nadie. Pero en ciertos momentos, las personas más cercanas se dieron cuenta de que algo me pasaba. No porque yo se lo dijera: lo vieron en mi cara, en lo poco que hablaba, en algo pequeño. Y muchas veces, sin decirme una sola palabra, me ayudaron a salir adelante: con una risa, una comida, una cerveza, un rato juntos. No me arreglaron nada. Se quedaron. Y con eso, todo fue más fácil de llevar.

También me tocó estar del otro lado. Tuve un primo que estaba pasando por algo muy difícil, y no me di cuenta a tiempo. No nos veíamos seguido, y en el corre corre de todos los días no lo vi. Hoy ya no está. Me hubiera gustado estar más presente, preguntarle qué le pasaba e intentar acompañarlo. No sé si eso habría cambiado algo. Lo que sí aprendí es que a mucha gente le cuesta contar lo que vive, como a mí, y adivinar es muy difícil. Por eso no basta con esperar a que te lo digan. Hay que mirar, y preguntar.

Esto lo aprendí en mi familia. Me enseñaron a acompañar a la gente en las buenas y en las malas, a ponerme en su lugar, a no juzgar sin conocer la historia completa y a apoyar hasta donde se pueda. Para mí, eso es la empatía: no sentir lo mismo que el otro, sino hacerle saber que no está solo.

Por eso, ahora que terminas, te digo esto:

Todos pasamos por pruebas muy difíciles, y a veces nos sentimos solos aunque tengamos gente alrededor. Muchas de esas pruebas no se ven. La persona que tienes al lado puede estar llevando una batalla que no te ha contado.

Date cuenta: mira las caras, no solo las palabras. Pregunta, y si te dicen «estoy bien», pregunta otra vez. Escucha sin apurarte a dar consejos. Y acompaña. No necesitas grandes discursos: una palabra, una risa, una comida, un rato juntos. Algo sencillo puede hacer que el día de otro sea más llevadero.

Ponte en los zapatos de los demás antes de opinar. Sin conocer el contexto, no se puede juzgar a nadie.

Y si eres tú quien está en silencio: contar lo que te pasa no complica a nadie. La gente que te quiere prefiere saberlo.

La vida pasa rápido, y la gente que quieres no va a estar siempre. Mírala hoy.

Con cariño,
quien escribió esta ruta

Tu insignia te espera al final de las 10 lecciones.
La insignia

Terminaste la ruta de la empatía.

No vas a tener siempre la frase justa. Nadie la tiene. Pero ahora sabes que no hace falta: basta con darte cuenta, preguntar, escuchar y quedarte. Y cuidarte para poder seguir haciéndolo.

Lo que sigue

Comparte una frase de esta ruta

Frase
Formato

Lo que escribes y tu avance se guardan solo en este dispositivo. Al terminar la lección sumamos 1 al total, sin saber quién eres.

Antes de empezar

La vida se nos va mientras esperamos que empiece.

No soy experto en nada. Soy alguien que se equivoca seguido y que todavía está aprendiendo a vivir.

Hice este lugar porque la felicidad casi nunca está después: está en las personas que hoy tienes cerca y en el día que estás viviendo.

Aquí no vas a encontrar sermones. Vas a encontrar rutas cortas para mirarte con honestidad y cambiar algo, de a poco.

Siempre es un buen momento para empezar.

Leer la carta completa
Read in English